Clasificar no es comprender
El Archivo de las Cosas que No Ocurrieron
En el borde de una ciudad que no tenía centro, existía un archivo donde se guardaban los errores antes de que sucedieran.
No tenía puertas.
Solo decisiones.
Ahí trabajaba una figura hecha de pliegues.
No caminaba: se reorganizaba.
Clasificaba lo que aún no pasaba.
Una mañana —si es que eso significaba algo ahí— llegó un fragmento fuera de catálogo:
Un día incompleto.
Con horas mal cosidas.
Con una noche adherida donde no correspondía.
La figura lo sostuvo.
Lo observó como se observa algo que incomoda porque no encaja,
no porque esté mal.
Pero en ese archivo, lo que no encaja… se corrige.
Sin consultar a nadie (no había nadie), tomó el fragmento y lo archivó en una sección lejana:
“Desvíos necesarios”.
Aunque no creyera en esa categoría.
El fragmento cayó en un territorio donde las distancias no eran geográficas,
sino acumulativas.
Cada paso pesaba distinto según lo que se arrastraba.
Y el fragmento arrastraba una noche.
Con el tiempo —si es que algo medía eso—
empezó a notar algo:
No se rompía.
No se ajustaba.
No pedía permiso para encajar.
Solo… persistía.
En el archivo, la figura empezó a encontrar pequeñas anomalías:
Etiquetas que no coincidían.
Órdenes que se deshacían solas.
Clasificaciones que parecían cuestionarla sin moverse.
Por primera vez, dudó.
Pero no de su sistema.
Sino de algo más incómodo:
Que quizá había cosas que no eran errores,
sino contextos que no sabía leer.
Buscó el fragmento.
No para corregirlo.
Para entenderlo.
Pero ya no estaba donde lo había dejado.
Porque los desvíos, cuando son reales,
no se quedan esperando a ser aprobados.
Moraleja
No todo lo que parece desorden es falla.
A veces es información que alguien más decidió ignorar.
Y quien clasifica sin comprender,
termina reorganizando su propio límite.
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