Peter y la habitación sin eco
Peter siempre fue alguien que cuidaba. No porque se lo pidieran, sino porque así entendía el mundo: sostener lo que tiembla antes de que caiga. Le gustaban los osos por una razón que nunca explicó. Tal vez porque sobreviven al invierno sin hacer ruido. Tal vez porque saben cuándo dormir. La habitación donde vivía fue, alguna vez, clara. Tenía ventanas abiertas y una mesa compartida. Ahí se reían, ahí se planeaban mañanas. Con el tiempo, la habitación empezó a cerrarse sola. Las paredes se volvieron más duras. El aire, más espeso. No faltaba nada. Pero todo pesaba. Las palabras dejaron de llegar como diálogo y empezaron a caer como objetos. Algunas pequeñas. Otras filosas. Ninguna pedía respuesta. Peter intentó entender si era él el problema o si el silencio había aprendido a gritar usando otras bocas. Escuchó reproches que hablaban de comida, de dinero, de tiempo, pero sentía que en realidad decían otra cosa: “No sé dónde poner lo que me duele.” La habitación no recordaba quién l...