Peter y la habitación sin eco
Peter siempre fue alguien que cuidaba.
No porque se lo pidieran, sino porque así entendía el mundo:
sostener lo que tiembla antes de que caiga.
Le gustaban los osos por una razón que nunca explicó.
Tal vez porque sobreviven al invierno sin hacer ruido.
Tal vez porque saben cuándo dormir.
La habitación donde vivía fue, alguna vez, clara.
Tenía ventanas abiertas y una mesa compartida.
Ahí se reían, ahí se planeaban mañanas.
Con el tiempo, la habitación empezó a cerrarse sola.
Las paredes se volvieron más duras.
El aire, más espeso.
No faltaba nada.
Pero todo pesaba.
Las palabras dejaron de llegar como diálogo
y empezaron a caer como objetos.
Algunas pequeñas.
Otras filosas.
Ninguna pedía respuesta.
Peter intentó entender si era él el problema
o si el silencio había aprendido a gritar
usando otras bocas.
Escuchó reproches que hablaban de comida, de dinero, de tiempo,
pero sentía que en realidad decían otra cosa:
“No sé dónde poner lo que me duele.”
La habitación no recordaba quién la sostuvo cuando aún era frágil.
Solo veía lo que faltaba, nunca lo que ya estaba.
Peter comenzó a encogerse.
No físicamente.
Por dentro.
Hasta que una noche entendió algo sin palabras:
hay lugares que no quieren compañía,
quieren contención infinita.
Y ninguna persona puede ser pared, techo y suelo
sin romperse.
No se fue.
Tampoco se quedó igual.
Aprendió a callar distinto.
A escuchar sin absorber.
A guardar partes de sí donde nadie pudiera pisarlas.
El oso seguía en la esquina.
Inmóvil.
Entero.
Peter pensó que quizá la fuerza real
no es aguantar el frío,
sino saber cuándo ya no es invierno
y aun así te siguen pidiendo que duermas.
Hay silencios que no sanan con presencia,
solo con distancia

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